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Reflexiones sobre I+D+i (versus R+D+E) en España

(Dr. Carlos Blanco.
Actualmente: Profesor
de la Universidad Europea de Madrid
Anteriormente: Miembro investigador del equipo de RDE de ITT, en Virginia, USA.
Profesor Adjunto de la Universidad de Virginia (Virginia Tech.) Blacksburg, VA. USA)

A raíz de que la mayoría de los países occidentales se hayan visto inmersos en una crisis económica de magnitud desconocida para las generaciones actuales, se ha comenzado a especular acerca de la validez del modelo económico en el que esos países han basado su prosperidad, y sobre la posibilidad de buscar alternativas al mismo. En particular en España esta necesidad de revisar el modelo económico se está planteando de manera más acuciante dada la estructura productiva que ha soportado su desarrollo en los últimos años.

En ese sentido, es frecuente escuchar comentarios en los que se reclama el paso de un ciclo basado fundamentalmente en la construcción, el turismo, el ensamblado de productos de empresas extranjeras o la fabricación de productos nacionales de baja tecnología, a otro basado en el conocimiento y la I+D+i. La idea como tal no puede ser más acertada y más cuando viene avalada por la orientación que otros países antes que España han dado a sus economías hace ya muchos años.

Sin embargo, cuando se escuchan este tipo de comentarios en boca de determinadas personas, uno tiene la impresión de que son más fruto de la urgencia, la precipitación y el oportunismo que de un reposado proceso de reflexión y de una detallada valoración de las posibilidades e implicaciones que el nuevo modelo llevaría aparejado.

Los manuales de economía nos explican que el ciclo del progreso económico de los países es relativamente sencillo. Si un país parte de unos supuestos de mano de obra barata, y un perfil tecnológico no demasiado elevado, puede llegar a alcanzar un nivel importante de actividad económica negociando con empresas extranjeras el ensamblado y fabricación de sus productos a precios competitivos. En estas condiciones y con el paso del tiempo, el país eleva todos sus indicadores económicos y sociales. Pero esto a su vez conlleva que el margen de competitividad que le proporcionan sus bajos salarios empieza a contraerse. La continuidad de su actividad económica deberá pasar entonces por generar su propia tecnología creando sus propias empresas, para compensar la pérdida que inevitablemente se producirá por el desmantelamiento de las empresas extranjeras que se instalaron al amparo de unos salarios reducidos.

Este hipotético país, consciente de que está pasando por ese ciclo productivo y de que se acerca lo inevitable, debería aprovechar el periodo de bonanza en el que dispone de departamentos de diseño, plantas de producción, laboratorios de pruebas, etc. para llevar a cabo actividades de ingeniería avanzada, en las que colaborarían Universidades y otras industrias auxiliares nacionales, para potenciar la formación de sus empleados y promover una transferencia neta de conocimiento con el que asegurarse el futuro. Sobre este tema volveremos más adelante.

Esta es precisamente la situación por la que atravesó España durante más de sesenta años en relación con las empresas multinacionales de telecomunicaciones, informática y microelectrónica que estuvieron afincadas en ella. Los potentes departamentos de ingeniería, instalaciones fabriles y laboratorios de los que se dispuso, y la permanente relación de sus ingenieros con otros centros internacionales de la casa matriz, permitieron formar grupos de Profesionales sólidamente preparados que aportaron ideas y productos en abierta competencia internacional. Hoy día la industria multinacional de alta tecnología en España ha sido prácticamente desmantelada en su totalidad, y no es ni una sombra de lo que en su momento fue.

Llegados a este punto, resulta oportuno recordar las etapas que tradicionalmente han conformado las actividades de investigación llevadas a cabo en países desarrollados, y orientadas a mantener un liderazgo tecnológico que les asegure una actividad económica futura de vanguardia.

En terminología anglosajona, estas etapas responden a las siglas R, D, E. (R+D+E)

R (Research) está reservada a aquellas actividades de investigación cuyo objetivo es producir avances en el conocimiento de las ciencias básicas que servirán de fundamento a posteriores procesos de innovación. Esta actividad R requiere ingentes recursos humanos y materiales de muy alta cualificación, que por lo general solo están al alcance de avanzados centros de investigación de Estados de países desarrollados, grandes Corporaciones Industriales o Universidades de prestigio. Para el éxito final de esta actividad es necesario además que el país disponga de una industria auxiliar abundante, efectiva y de un nivel tecnológico elevado. Como consecuencia de esta labor se producen importantes descubrimientos científicos que en ocasiones son recompensados con el premio Nobel. Un ejemplo típico en el campo de la Ingeniería Electrónica y de Comunicaciones fueron los trabajos llevados a cabo en los laboratorios de ATT sobre Física de Estado Sólido y Semiconductores, que culminaron en el descubrimiento del transistor y en la concesión del premio Nobel a sus tres descubridores.

D (Development) Esta actividad hace referencia a trabajos de investigación aplicada que apoyándose en la investigación básica, hacen posible construir “prototipos” de productos con funcionalidades y aplicaciones diferentes a los existentes. Si bien suele ser también una actividad intensiva en recursos humanos de alta cualificación, su característica primordial reside en que necesita de instalaciones de producción y laboratorios donde poder llevar a cabo el montaje, la puesta a punto y la evaluación de estos prototipos. Los recursos económicos que se requieren suelen ser igualmente elevados, ya que a veces es necesario fabricar y destruir cientos de prototipos. Como en el caso anterior, un requisito muy importante es que el país disponga de una avanzada industria auxiliar que asegure el suministro inmediato de los materiales o componentes necesarios. Además del prototipo en si mismo, un resultado adicional muy importante de esta labor son las patentes que se registran. Un ejemplo típico fueron los trabajos llevados a cabo en unas pocas empresas de ámbito mundial altamente especializadas, para el desarrollo y puesta a punto de las primeras fibras ópticas que sustituyeron a los cables coaxiales de gran capacidad.

E (Engineering) Esta fase final se reserva para aquellas actividades encaminadas a poner en producción los prototipos obtenidos en la fase anterior D con las máximas exigencias de funcionalidad, calidad y competitividad de coste. De nuevo esta actividad requiere que se disponga de instalaciones de producción y de equipos de ingeniería multidisciplinar especializados. Como resultado de esta labor se obtiene lo que en terminología de propiedad intelectual se denomina, “modelo de utilidad”. Un ejemplo típico del sector de telecomunicaciones podrían ser los cables de cobre miniaturizados de categorías avanzadas, que están compitiendo con éxito con las fibras ópticas en las redes informáticas de área local.

Algunos países que por razones de masa crítica de producción o limitación de recursos económicos no han podido permitirse ninguna de las dos primeras actividades (R+D), han logrado un importante aunque discutido éxito en la tercera actividad (E), llevando a cabo lo que se ha denominado como Reverse Engineering (RE), y que como puede suponerse consiste en desmontar un prototipo de una empresa que lo ha desarrollado, estudiarlo y recomponerlo de nuevo, aportando algunas mejoras como son la miniaturización o una reducción de coste. Los ejemplos son de sobra conocidos y no hace falta repetirlos aquí.

Cuando en España hace ya muchos años empezó a debatirse la conveniencia de orientar nuestro modelo económico hacia el de una sociedad basada en el conocimiento, lo primero que se hizo fue trasladar al español las siglas anglosajonas de R+D+E por las conocidas hoy día en España como I+D+i. Pero en esta conversión, si bien Research fue correctamente traducida por Investigación, y Development por Desarrollo, la tercera Engineering perdió completamente su significado, y hoy día se oyen para la i variantes exóticas para todos los gustos, una de las cuales es la palabra “innovación”.

Pero ¿qué es?

Investigación + Desarrollo + innovación

¿Hemos descubierto una nueva fase en el proceso de investigación? ¿No deberíamos decir por el contrario que la innovación es el resultado que se obtiene de la aplicación sistemática de las dos anteriores? (Sin olvidar la Ingeniería, por favor). En otras palabras, ¿no deberíamos escribir?

I + D = i.

Por otra parte, en este extraño proceso de adaptación de siglas (que no de conceptos) se da la paradoja de que en España se pone un gran énfasis en las fases de I+D, actividades en las que nuestro país tiene escasas posibilidades de actuar con eficacia, y se ignora la tercera (Ingeniería), que es precisamente por la que se debería apostar para poder tener posibilidades reales de éxito.

Es precisamente por este frívolo y superficial tratamiento que se hace de la actividad investigadora en nuestro país, por lo que uno no puede sino adoptar una actitud de prudente escepticismo ante declaraciones grandilocuentes tales como “esto lo arreglamos con la I+D+i” (literalmente).

Que España no es un país destacado a nivel mundial en producción científica y tecnológica no es nada nuevo, y ya D. Santiago Ramón y Cajal en 1916 se quejaba amargamente de esta debilidad, de la que por otra parte hacía un análisis clarividente en su famoso libro “Los tónicos de la voluntad”.

De entonces a hoy han pasado muchos años y algo han mejorado las cosas, pero los lamentos de los investigadores actuales me temo que son igualmente descorazonadores. En un análisis aparecido recientemente en un periódico nacional (Nota1) se destaca el preocupante lugar que ocupa España en la clasificación internacional de competitividad (puesto 29 en 2007, cuando en 2002 ocupaba el puesto 22) (Nota2). Más adelante se menciona como esta baja competitividad está afectando a nuestra balanza comercial de la industria de bienes de equipo, al hacer perder a nuestro país cuotas exteriores de mercado, medidas por la cobertura de las exportaciones sobre las importaciones (52% en el año 2007 frente a 71% en el año 1985). Es evidente que si nuestros productos no son competitivos internacionalmente, los clientes se los comprarán a la competencia, con lo que nuestras exportaciones tendrán, necesariamente, que resentirse.

Hoy día es una regla generalmente aceptada que la competitividad de los países está íntimamente relacionada con su grado de desarrollo tecnológico, que a su vez debería estar en relación directa con los recursos que se dedican a investigación y desarrollo. De sobra es conocido que las cifras que España dedica a I+D en porcentaje de su PIB, son sensiblemente menores que las de la mayoría de sus vecinos de la UE. En particular en el año 2007 España solo dedicó a I+D el 70% de lo que como media dedican el resto de los países de la UE.

Por otro lado, el mejor indicador para medir la eficiencia investigadora de un país es su producción anual de patentes. Con datos de la Oficina Europea de Patentes (EPO) en la mano, la media de registros de la Unión Europea en 2005 fue de 101 patentes por cada millón de habitantes, mientras que en ese mismo año la producción española fue solo de 26 patentes, también por millón de habitantes (Eslovenia registró 30).

Es decir, España, un país cuya renta per cápita se encuentra ya por encima de la media de la UE, solo dedica un 70% de la media de la UE a inversiones de I+D y registra solo el 25% de las patentes de un país medio típico de la Unión Europea.
Estas cifras revelan dos disfunciones importantes: en primer lugar se ve una clara asimetría entre los recursos que se podrían dedicar ya a investigación (la media de la UE) y los que verdaderamente se dedican (70% de la media). En segundo lugar se observa una nueva asimetría entre los recursos que oficialmente se dedican a I+D (70% de la media) y los resultados que se obtienen (25% de la media). Si partimos de la hipótesis de que el rendimiento de nuestros investigadores no tiene por que ser muy diferente del de sus colegas de la UE, este segundo desequilibrio no debería pasar desapercibido. Unos resultados del 25% de la media serían indicativos de una inversión real en I+D de un 25% de la media, y no de un 70% como se anuncia. Esto puede evidenciar que se están imputando como gastos de investigación otros gastos que no lo son, o que se están inflando artificialmente las cifras de gastos reales. Por otro lado, si los gastos reales fueran en efecto del 70% de la media, como los resultados son solo del 25%, podemos estar ante una manifiesta ineficacia en la gestión de los recursos dedicados a I+D, al no obtenerse la rentabilidad mínima que sería deseable.

Llegados a este punto, podríamos preguntarnos si además de estos dos factores de índole financiera existen otros que expliquen la abrumadora distancia que nos separa, en resultados científicos y tecnológicos, de nuestros vecinos de la UE.
Cuando se reflexiona sobre las bases en las que debería apoyarse la planificación de la I+D de un país para poder llevarla a cabo con unas mínimas garantías de éxito, surgen algunas cuestiones que conviene plantearse.

Un primer aspecto a considerar es si España no debería prestar más atención a programas de Ingeniería (en el sentido mencionado anteriormente de mejora de calidad, costes competitivos, producciones masivas, etc), en vez de a ambiciosos programas científicos de Investigación y Desarrollo en los que sus posibilidades son más bien escasas y donde la competencia internacional es, y va a ser, feroz.
Pero en este punto conviene recordar que la mayoría de las actividades de Ingeniería que hemos mencionado hay que realizarlas en plantas de producción y laboratorios especializados y con la colaboración de una abundante industria auxiliar. Con el grado de des-industrialización y des-localización que se está produciendo en España, ¿donde van a poder realizarse estas actividades de optimización de la producción?

Convendría igualmente no olvidar que un efecto derivado de la globalización de la economía es que ésta ha añadido una segunda dimensión a la labor de investigación y desarrollo tradicional. Hoy día no solo hay que investigar científicamente para tener un adecuado nivel técnico que nos permita hacer productos de tecnología avanzada. Es igualmente necesario investigar en cómo fabricar esos productos a precios competitivos en los mercados. De nada nos servirá gastar ingentes cantidades de recursos en obtener productos tecnológicamente avanzados, si luego no sabemos producirlos a un precio que los haga aceptables por el mercado. Hoy día no poder vender un producto es equivalente a no saber hacerlo.

Otro aspecto a considerar debería ser si los programas de I+D que van a ponerse en marcha tienen masa crítica y contenido tecnológico suficientemente avanzado como para garantizar su supervivencia. Igualmente, deberíamos asegurarnos de que su contenido científico esté respaldado y protegido por un suficiente número de patentes. Como ya se ha indicado nuestra tradición sobre este particular es desalentadora. En esta línea conviene recordar que las nuevas tecnologías (telecomunicaciones, software, energías alternativas, iluminación, nanotecnologías, etc) son particularmente competitivas científicamente y de muy rápida evolución, y que hay una pléyade de países de gran tradición investigadora esperando a que el mercado alcance la masa crítica necesaria en algunas de ellas, para poner todo su potencial investigador y productivo en marcha. Así mismo es de sobra conocido que el capital-riesgo (venture capital) está permanentemente explorando nuevas posibilidades y obsolescencias en los sectores anteriores.

Otro detalle del máximo interés debería ser la racionalización de los recursos económicos disponibles seleccionando pocos proyectos, pero intensamente dotados en recursos, en vez de muchos proyectos en los que solo hay dotación para los sueldos de los investigadores y poco más. Esto requeriría decisiones de carácter nacional, y no decisiones regionales, cuya fragmentación va justamente en sentido contrario a la consolidación de recursos que aconseja la eficacia.

La tradición debería ser igualmente una buena consejera. El hecho de que España posea un grado de insolación muy superior al de la mayoría de los países de la Unión Europea no significa, en absoluto, que España tenga una tradición consolidada en investigación en Física del Estado Sólido, que es la base de los dispositivos fotovoltaicos. Nuestros más encomiables esfuerzos investigadores hasta la fecha pueden verse barridos de un plumazo en el momento que países más poderosos detecten que la tecnología ha entrado ya en fase de rentabilidad comercial y producción masiva, y no esté meramente soportada por subvenciones estatales. Sería sorprendente que España llegara a ser un líder mundial en tecnologías fotovoltaicas, cuando no lo es en otra tecnología próxima como puede ser la microelectrónica.

Igualmente, los núcleos de investigación sólo deberían ubicarse en zonas donde la densidad de cerebros, industrias auxiliares y centros universitarios dieran un soporte de continuidad al conjunto. En términos de investigación clásica, habría que fomentar lo que en Inglés se conoce como “cross fertilization”. Los ejemplos más típicos son la conocida Highway 128, entorno a Boston, o el Silicon Valley en California.

Así mismo deberíamos tener equilibrada nuestra potencial capacidad investigadora con nuestra capacidad real de comercialización de los nuevos productos en mercados internacionales. Dedicar recursos de I+D a productos para los que no podemos alcanzar una mínima cuota en el mercado internacional es dilapidar recursos que pueden ser necesarios en otros campos.

Un aspecto de capital importancia es que nuestro actual modelo educativo debería ser revisado en profundidad. Por lo que se ha comentado hasta ahora, es evidente que la educación debería estar orientada hacia un modelo que potenciara el establecimiento en España de la sociedad del conocimiento. Las batallas comerciales del futuro se van a librar sobre productos de alta tecnología con precios altamente competitivos. Es decir, van a ser necesarios los mejores Científicos y los mejores Ingenieros. Ello obligará a seleccionar y formar cerebros de élite cuya educación debería ser especialmente cuidadosa. Y es evidente que esta selección debería realizarse desde las primeras fases del ciclo educativo. Si hablamos de deportistas de élite, ¿por qué no podemos hablar de estudiantes de élite?

En este sentido, quizá convenga recordar que si algún día en España se realizara la revisión del modelo educativo que se sugiere, debería considerarse la potenciación de los valores tradicionales asociados al personal investigador. Iniciándose ya en los programas de enseñanza secundaria deberían implantarse en las aulas valores como curiosidad intelectual, rigor científico, esfuerzo sostenido, paciencia, deontología profesional, austeridad, orden, persistencia, disciplina personal, minuciosidad, atención a los detalles, hábito de registro de los resultados obtenidos, etc. Puede que estos valores suenen a clásicos, pero que yo sepa, no se han inventado todavía los que les han sustituido en la labor investigadora.
Quienes hoy en día podemos pulsar en vivo y en directo el nivel medio de los estudiantes que nos llegan a las aulas universitarias, podemos apreciar el devastador efecto que nuestra enseñanza secundaria está teniendo en los futuros profesionales. Si bien el esfuerzo que realiza la Universidad para compensar las carencias con que llegan sus alumnos es encomiable, el daño ya está hecho, y en los años de la carrera no da tiempo a recuperar el terreno perdido, fundamentalmente en el campo de los principios y fundamentos básicos. Es difícil entender cómo cuando el mundo científico y tecnológico requiere con más frecuencia resolver problemas de complejidad creciente, los programas de estudio y las exigencias en las aulas en España son cada vez más triviales. De seguir así las cosas en nuestro país, puede llegar un momento en que sobre algunos temas tecnológicamente complejos, simplemente no solo no sepamos cómo hacerlos, sino que posiblemente no seamos ya capaces ni de entender como lo hacen otros. O hemos llegado ya a ese punto?

En materia educativa, y pensando en la futura sociedad que se avecina, yo veo que la situación actual de España está más cerca de los valores del “botellón” que de los valores de educación para la investigación citados arriba.
Qué duda cabe que los puntos mencionados hasta aquí son sólo algunos de los que habría que considerar a la hora de establecer una política global de orientación de España hacia la futura sociedad del conocimiento.

Cuando se ha tenido la oportunidad de trabajar y conocer por dentro durante muchos años los centros de investigación y enseñanza de otros países avanzados, y se los compara con los actuales en España, uno tiene la sensación de que los vectores en nuestro país están mal orientados. Casi se podría caer en la tentación de decir que apuntan en la dirección contraria. Y no olvidemos que si un día se decide corregir la orientación de los vectores, los frutos no comenzaremos a verlos sino después de una o dos generaciones.

Llegados a este punto del artículo es el momento de volver al comienzo del mismo y retomar un aspecto que dejamos allí pendiente. Mencionábamos que España había recorrido un camino ascendente desde unos salarios competitivos bajos hasta un nivel social y económico importante, y que, como era previsible, se había producido la des-localización de empresas extranjeras de alta tecnología afincadas en el país. Pero por otra parte, también hemos visto como España se encuentra aún muy lejos de poseer tecnologías propias y empresas nacionales abundantes que las produzcan y las comercialicen. La situación es pues inestable y ciertamente insostenible. En este ascenso por la escalera de la competitividad internacional solo hay dos caminos. O tomamos impulso y comenzamos a subir la escalera con decisión hacia la sociedad del conocimiento y la tecnología, o no nos quedará más remedio que ceder el paso a otros países que también suben por la escalera y comenzar nosotros a descender por la misma hacia salarios y nivel de vida “más competitivos”. Sobre este particular hace algún tiempo que se observan indicios de que esta tendencia ya se ha iniciado.

Desde aquel famoso exabrupto de Unamuno en 1909 “que inventen ellos” hasta el día de hoy, “ellos” han seguido y seguirán inventando, y cada vez más. ¿Será España capaz de hacer frente al reto que se le avecina? ¿Será España capaz de orientar sus velas en la dirección en la que soplan los vientos hacia la futura sociedad del conocimiento?

Nota (1) Fuente: La Gaceta de los Negocios. 13 de Marzo de 2009
Nota (2): Estos datos son los disponibles a fecha 5 Jun 2009 en que se escribió el artículo. Hoy 9 Sept 2009 se ha publicado que el nivel de Competitividad de España ha caído al puesto 33.

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