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UNA VIDA PROFESIONAL ENTRE DOS PERSPECTIVAS (Discurso de jubilación del profesor Carlos Blanco)

(Discurso de despedida del profesor Carlos Blanco, con motivo de su jubilación. El profesor Carlos sigue acompañando a sus alumnos con clases magistrales, como emérito profesor, en el Máster Universitario en Ingeniería de Telecomunicación).

“Muchas gracias Enrique.

Ya que con este presente has querido recompensar mi tiempo de dedicación a esta Universidad, mi forma de agradecimiento van a ser unas palabras de despedida en las que voy a tratar de condensar algunas reflexiones, fruto de mis años de experiencia. Por otra parte, ésta será probablemente la última vez que tenga ocasión de dirigirme a mis compañeros, y me gustaría que estas palabras quedaran así como un recuerdo para ellos.

No creo que aporte nada nuevo si digo que estamos en tiempos de crisis. Una crisis profunda que se extiende a otros campos más allá de los meramente económicos. Pero si la crisis en si misma es ya un problema, no lo es menos el carácter de incertidumbre que la acompaña, y que nos está dejando perplejos y sin una clara capacidad de reacción.

Tan solo una pincelada a modo de ejemplo. Recientemente se han publicado resultados económicos en los Estados Unidos que indican que la economía americana se ha recuperado de la crisis, y que en este año de 2011, el PIB americano tiene ya un nivel ligeramente superior al que tenía al comienzo de la crisis en el año 2007. No obstante surge un importante problema, y es que los americanos están produciendo el mismo nivel de riqueza que antes de la crisis, pero con siete millones menos de trabajadores.

Esto es completamente nuevo en la historia de los EEUU desde que se tienen registros económicos. En el pasado, épocas de recesión de la economía venían acompañadas de una reducción del empleo. Pero éstas a su vez eran seguidas por otros períodos de crecimiento que generaban la consiguiente recuperación de la mano de obra.

Ni que decir tiene que el Gobierno americano, sus Asesores, los Think Tank, las Universidades, los debates en TV, están analizando este fenómeno por lo que tiene de paradójico e incierto.

Varias son las causas a las que se atribuye este anómalo comportamiento.

• En primer lugar la propia efectividad el País (Estados Unidos es uno de los primeros países del mundo en los rankings de productividad). Las empresas, fuertemente apalancadas por la tecnología, han conseguido generar la misma cantidad de riqueza pero con muchos menos empleados.

• En segundo lugar la globalización. Todos conocéis Apple. Esta compañía es la segunda más valiosa del mundo por capitalización de mercado. Recientemente ha superado a Microsoft y a IBM. Se la considera una de las compañías más innovadoras del mundo y sus productos son legendarios. Ahora bien si comparamos Apple con la compañía china Fox-Conn, que es quien fabrica los productos de Apple, observamos que ambas tienen aproximadamente el mismo nivel de ingresos. Pero hay una diferencia sustancial entre ambas. Apple emplea 50.000 personas en EEUU, y Fox-Conn emplea en China 1.000.000 de personas. Esta es una de las claves que ayuda a explicar la paradoja.

En estos momentos hay una disfunción evidente en la sociedad americana. Las grandes compañías tienen en sus balances más de un trillón de dólares disponibles para invertir, pero no son capaces de crear empleo en EEUU.

Y si esto está ocurriendo en el País de Google, Exon, Microsoft, e-Bay, Amazon, Coca-Cola, Hewlet Packard, Facebook,… ¿que podemos decir de nuestro país donde los índices de productividad están en caída libre desde hace años? ¿Cuando podemos esperar que se recupere nuestro nivel de desempleo, si todavía nos queda por solucionar el problema de la competitividad? Y cuando empiece a mejorar la productividad, ¿no será a costa de crear más desempleo?

Una empresa como Telefónica que está tratando de mejorar su índice de competitividad, y que está en record de expansión económica internacional, va a rescindir contrato laboral en España a más de 6.500 personas.

Muchas otras paradojas parecidas a estas han aflorado con esta crisis, lo cual puede ser un indicador de que nos estamos introduciendo en un nuevo mundo, un territorio incierto y desconocido que los antiguos marinos británicos calificaban como aguas sin cartas de navegación. Uncharted waters.

¿Qué podemos hacer ante esta situación? Los análisis que se están llevando a cabo desvelan una serie de posibles estrategias, algunas muy imaginativas. Pero entre todas ellas hay una que particularmente me llama la atención, y me interesa.

A lo largo de la Historia se ha estudiado el caso de determinados países no muy bien dotados de riquezas naturales, a los que para sobrevivir no les quedó más remedio que recurrir a la única fuente de riqueza natural que siempre había estado allí con ellos. Su propia gente. Y dado que esa era su única fuente de riqueza, es evidente que cuanto mejor preparados y más formados estuvieran sus ciudadanos, mayor sería su contribución al crecimiento y desarrollo del país. La orientación prioritaria de recursos en estos países fue claramente hacia la educación. Sin fijarnos en ejemplos ya lejanos en el tiempo como el caso de Venecia, tenemos los ejemplos más actuales de Finlandia o Corea del Sur. Países de una alta competitividad internacional y que sistemáticamente ocupan las primeras posiciones en los informes PISA de rendimiento académico de sus estudiantes.

Antes he mencionado que las nuevas tecnologías potencian el desarrollo económico de los países, por ejemplo, creando empresas enteramente nuevas. Pero esta prosperidad económica se expande en la sociedad solo si las mejoras tecnológicas vienen acompañadas de una adecuada actualización educativa en su población. Cuando la educación se retrasa respecto al avance tecnológico, los trabajadores no tienen las habilidades requeridas por las nuevas industrias. Este fenómeno ha sido estudiado con detalle por los especialistas y se ha llegado a la conclusión que, en los países occidentales, la vinculación entre avance tecnológico y educación se mantuvo hasta los años 1970. Posteriormente este vínculo se rompió, dejando una gran cantidad de mano de obra inadaptada a los nuevos requerimientos de la industria tecnológica y creando unas desigualdades sociales nunca vistas anteriormente. Esta es una razón más para entender que la intensificación de la educación no es ya un lujo en las sociedades modernas sino una necesidad para el crecimiento de los países.

Pero mira por donde aquí estamos en una Universidad. Es decir estamos en una de las posibles brújulas que deberíamos utilizar para adentrarnos con confianza en este nuevo mundo de paradigmas desconocidos. Nuestro País debería volcar su esfuerzo en proporcionar a sus ciudadanos una buena educación. Pero si bien es cierto que todos los países tienen un modelo educativo, es claro que cualquier educación ya no vale. Si queremos tener un margen de ventaja competitiva que nos permita hacer frente a los vientos huracanados que se avecinan, la educación en nuestro país debería ser una educación de primer nivel.

Pero, ¿cómo se consigue una educación de excelencia? Si bien no es una condición suficiente, es claro que una condición necesaria es que el profesorado sea de la máxima calidad.

Pero entonces, ¿qué rasgos deberían tener los profesores que enseñarán en nuestro País para afrontar los retos del futuro? ¿Cómo podríamos contribuir nosotros, como profesores, a esta gigantesca tarea?

Permitidme poner en negro sobre blanco algunas ideas que estoy seguro todos compartís. Para ello voy a retroceder unos años en el tiempo, con objeto de ganar perspectiva.

Hace diez años llegué a esta Universidad para realizar una entrevista para incorporarme a la misma como profesor. Enrique Fernández, Director de la Escuela de Telecomunicación, fue quien me recibió, y al cabo de unos días me ofreció el trabajo. Espero que lo recuerde. Desde el momento en que acepté el puesto de profesor, fui consciente de la enorme responsabilidad que cargaba sobre mis hombros con esa pesada toga.

El primer peso que me hizo sentir la toga fue el reto de hacer frente a una labor docente del siglo XXI cuando mi formación fundamental era de mediados de los años del siglo anterior. Y todo en una materia como las Telecomunicaciones, cuya evolución tecnológica estaba siendo ya vertiginosa. El reto, aunque formidable, no era nuevo.

Lo que os voy a contar a continuación comienza más o menos con esta primera perspectiva de la conocida escultura “Los portadores de la antorcha” de Anna Hyatt Huntington, en el campus de medicina de la Ciudad Universitaria de Madrid. Un joven lleno de vitalidad recogiendo la antorcha del conocimiento y dispuesto a llevarla tan lejos como fuera posible.

Esto era el año 1970 en que yo acabé mi carrera. Un año fúnebre por cierto ya que en él se separaron los Beatles. Pero casi desde el principio yo empecé a notar que algo no marchaba bien. A mi me habían enseñado en la Universidad electrónica de válvulas y en el mundo exterior ya casi todo eran transistores. Las señales que yo había aprendido a manejar eran analógicas, pero la tendencia exterior se orientaba ya hacia el mundo digital. Los cables de comunicación que yo conocía eran de cobre, pero igualmente ya se estaba hablando de fibras ópticas. Así mismo la teoría de conmutación que me habían transmitido mis profesores era la conmutación de circuitos, pero en las redes ya se estaba introduciendo la conmutación de paquetes, base de la futura Internet. Yo había realizado todos mis cálculos en la carrera con regla de cálculo y tablas de logaritmos, pero mi primer trabajo fue programar un IBM 360. Y eso sin tener en cuenta otros temas más especializados como la teoría de tráfico

Una confirmación de esta falta de sintonía la tuve cinco años más tarde, en 1975, en que mi compañía ITT me envió de viaje a Washington, en EEUU. En un rato que tuve libre me acerqué a visitar el museo de la Ciencia y la Técnica, y cual no sería mi sorpresa cuando descubrí que los libros que yo había estado estudiando en la carrera estaban ya expuestos en aquel museo. A mi vuelta a España, y repuesto del shock, mi reacción fue entender que solo una permanente actualización profesional me evitaría que al cabo de otros cinco años fuera yo el que estuviera en aquel museo.

Cuando posteriormente entré en la Universidad este plan de actualización profesional tuve que intensificarlo todavía más. Y en esas estamos todavía.

El segundo peso que me hizo sentir la toga de profesor fue menos contundente, pero mucho más sutil. En mi actividad como profesional, como ciudadano, como padre de familia… el marco de referencia para mi comportamiento había sido en todo momento el de un adecuado cumplimiento de la legislación vigente. Pago de impuestos, reglas de circulación, normativa laboral, etc. Pero desde el momento que entré en un aula como profesor empecé a sentir que cien ojos estaban pendientes de mí, y que para algunos de aquellos jóvenes ojos yo podía estar siendo un ejemplo, o un referente, no solamente académico y profesional, sino también ético, y puede que hasta moral. Ya no bastaba con cumplir los compromisos académicos, había también que educar. Había que transmitir valores, fundamentalmente con el ejemplo. Mi ética ya no podía ser cualquiera. Tenía que ser ejemplar. Y de nuevo, en esas estamos todavía.

En el fondo, al aceptar estas dos cargas de la toga, los profesores solo estamos dando respuesta al viejo principio de la enseñanza: “Se enseña lo que se sabe y se educa en lo que se es”.

Y llegados a este punto nos podríamos preguntar: ¿es esto lo que hace un profesor excelente? Quizá sean necesarias otras cualidades, pero, en mi opinión, éstas dos son las más importantes.

Antes nos preguntábamos que podríamos hacer como profesores para ayudar a la sociedad a navegar en las turbulentas aguas y en los inciertos territorios en los que nos estamos adentrando. Si como profesores somos capaces de aceptar con plena responsabilidad esas dos obligaciones de nuestra profesión, ciertamente ya estamos contribuyendo.

Personalmente esto lo he tenido claro desde el momento que entré en un aula en esta Universidad, y os puedo asegurar que esta actitud me ha enriquecido tanto profesional como moralmente.

¿Y cuál es la segunda perspectiva que cierra este ciclo profesional? Aquí la tenéis, una persona que, si bien enriquecida, ya exhausta entrega la antorcha a las futuras generaciones.

Y si me voy más rico de lo que era cuando llegué, solo puedo terminar esta despedida con las mismas palabras con las que la empecé, y es diciéndole a esta Universidad

Muchas Gracias.

Dr. Carlos Blanco
Universidad Europea de Madrid
19 de Julio de 2011″

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